Un cuerpo es una casa, un organismo, un templo, un contenedor, un mundo.
El cuerpo se expande fuera de los confines de lo construido, desbordándose en el roce con otrxs cuerpos y rompiendo las dicotomías que lo constriñen al adentro o al afuera. ¿Qué pasaría, entonces, si regresáramos a observar el cuerpo como un organismo vivo? Cada paso nos lleva a generar rituales en los que lo reconocemos como casa, templo o animal. Nos expandimos y habitamos para articular otras geografías que respiran, sudan, se contraen y se quiebran.
Ser cuerpo es, entonces, negociar con fuerzas que exceden esa humanidad, pero de las que somos parte, entre fragmentos de memoria, restos arqueológicos y presencias visibles e invisibles. En este cuerpo‑casa habitamos desde la animalidad, como serpientes: nos arrastramos por la tierra, entre lombrices y otros organismos, y nos levantamos para, en una conexión espiritual, ir más allá del plano de lo humano.
Fernanda Ramos Mena